sábado, junio 15

El templo hindú de Ram, símbolo del poder electoral de Modi en la India | Internacional

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Antes de entrar al templo de Ram, en la ciudad de Ayodhya (Uttar Pradesh), es obligatorio descalzarse, despojarse de móviles, mochilas, cámaras de fotos y cualquier aparato electrónico y fundirse con el río colorido de gente que asciende hacia la entrada. A mediodía rondan los 40ºC y el suelo, bajo el sol abrasador, corta como cuchillas en las plantas desnudas de los pies. Tras atravesar los arcos de seguridad, golpea la primera imagen del complejo, levantado en una piedra arenosa de tonos rosados. Los feligreses recién llegados alzan los brazos y exclaman: “¡Gloria al dios Ram!”. A continuación, dos puertas lacadas en oro, con el relieve de unos elefantes, dan acceso a la cámara interior, que alberga la estatua de una de las deidades que mayor devoción despierta en la India. “¡Gloria a Ram!”, gritan de nuevo los visitantes ante el ídolo. Decenas de personas se agolpan para admirarlo. Los hindúes creen que este es el punto exacto de su nacimiento. La figura es de color negro, ha sido decorada con joyas y coronas de flores, tiene un rostro inescrutable.

El templo, recién inaugurado y aún en construcción, hunde sus raíces en una espiral de sangrientos conflictos religiosos. La edificación del nuevo santuario hindú comenzó en 2020, tras una controvertida decisión del Tribunal Supremo. El alto tribunal permitió que se erigiera el templo de Ram sobre el emplazamiento de la antigua mezquita de Babri Masjid, del siglo XVI, que fue demolida en 1992 por una turba de radicales hinduistas. Su destrucción desató un estallido de violencia entre comunidades que dejó unos 2.000 muertos en todo el país, la mayoría de ellos musulmanes.

En enero de este año, el primer ministro, Narendra Modi, lideró la consagración del recinto en un acto al que asistieron 7.000 invitados, incluyendo a celebridades de Bollywood, deportistas destacados, magnates de los negocios y líderes espirituales. La oposición criticó al Gobierno por romper con el secularismo que exige la constitución y azuzar el peligroso avispero de la división sectaria con fines electorales. Los comicios estaban a la vuelta de la esquina y la recuperación del templo de Ram ha sido una de las grandes batallas del gobernante Bharatiya Janata Party (BJP). La inauguración sirvió casi como pistoletazo de salida del mayor y más largo proceso electoral del planeta.

Las rondas de votaciones, a las que estaban convocadas 970 millones de personas, arrancaron el 19 de abril y han concluido este sábado. A última hora de la jornada (hora de la España peninsular) se divulgaron las encuestas a pie de urna que daban a los aliados de Modi más de dos tercios de los escaños del Parlamento ((superando los 350 de 543 asientos). La oposición, que ha cuestionado las encuestas, se movería entre los 125 y los 182 escaños. “Los ciudadanos de India han votado en número récord para reelegir al Gobierno”, ha celebrado el presidente Modi en redes sociales. Los resultados no se conocerán hasta el martes.

Vista del templo hindú de Ram en la ciudad de Ayodhya (India), el 31 de mayo.
Vista del templo hindú de Ram en la ciudad de Ayodhya (India), el 31 de mayo.

Para muchos de sus votantes, la inauguración del templo ha sido determinante. En su interior, la política y la religión parecen fundirse. Cuando uno pregunta a los visitantes quién esperan que gane las elecciones, no titubean. “Narendra Modi”, replica uno señalando hacia el santuario. “Este lugar pertenece a los hindúes”, añaden Jyoti Gupta, de 30 años, y su marido, Rahul, de 35. “Todos los indios estamos contentos”. Han venido al templo para celebrar el cumpleaños de Jyoti. Votaron hace unos días: a Modi. Y confiesan su agradecimiento al BJP por haber impulsado la recuperación. “Nadie más podría haberlo logrado”.

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De fondo, se escucha el ruido incesante de las obras. Dos inmensas grúas dominan la escena. Los muros están cubiertos de andamios. Hay trabajadores con casco amarillo por todas partes. “No estábamos contentos con un templo islámico aquí”, dice uno de ellos. Otro cuenta que a menudo los visitantes tratan de tocarles los pies. “Creen que estamos bendecidos”. Se ven maestros artesanos tallando sin descanso los relieves de las columnas: formas geométricas, motivos florales, los dioses Ram, Shiva y Hanuman sobre la piedra traída de la provincia de Rajastán.

El templo, que recibe entre 100.000 y 150.000 visitantes diarios, ha disparado el turismo religioso en una ciudad de 2,5 millones de habitantes. Las calles junto al lugar de culto son un hervidero donde predomina el tono azafrán del hinduismo; se mezclan los vendedores de estampas de Ram, el tráfico endemoniado de motos y rickshaw, los monos que trepan por las cornisas. Entre las callejuelas se ve también pobreza descarnada, niños que se bañan con el agua de las bombas y chuchos bebiendo de charcos putrefactos. Pero el desarrollo ligado al turismo salta a la vista. Hay hoteles que huelen a pintura fresca, se acaban de inaugurar la estación de tren y el nuevo aeropuerto. Ya en el vuelo procedente de Delhi se percibe el aire de festividad religiosa. “¡Gloria a Ram!”, gritan los pasajeros al despegar y al aterrizar. Según uno de los viajeros, el doctor Vishal Mishra, de 44 años: “Rama es el símbolo de Bharat”, dice usando el topónimo de India que promueven los nacionalistas hindúes. Es votante del BJP.

La promoción de la agenda hinduista del partido gobernante no ha sido pacífica. Durante la década de Modi en el poder, organizaciones de derechos humanos han denunciado un creciente hostigamiento de las minorías en un país donde el 80% de la población es hindú, y los musulmanes, que suman 172 millones de personas, son un 14,2%. “Funcionarios del gobierno, dirigentes políticos y simpatizantes del BJP —el partido político gobernante a nivel federal— abogaron impunemente por el odio y la violencia contra las minorías religiosas, en particular los musulmanes, lo que supuso un aumento de los delitos motivados por el odio”, reitera Amnistía Internacional en su informe sobre 2023. Los retrocesos en el estado de derecho han sido uno de los puntos sobre los que ha gravitado la estrategia electoral de la oposición, encabezada por el Partido del Congreso. Sus líderes han acusado al BJP de buscar una mayoría suficiente como para eliminar la palabra “secular” de la Constitución —algo que este partido ha negado—.

Los choques en torno al templo se remontan a 1949, cuando un grupo de creyentes hindúes colocaron esculturas de su fe en el interior de la mezquita. Las autoridades decretaron el cierre del templo islámico y desde entonces, los musulmanes nunca han tenido permiso para entrar. A los hindúes, en cambio, se les ha autorizado entrar para alimentar a su dios: estos creían que llevaba siglos hambriento. Santosh Ji Maharaj, de 53 años, uno de los sacerdotes del templo de Ram, comenzó a darle de comer en 1992, cuando fue nombrado para el puesto, según recuerda sentado en la cama, en su casa. Ese mismo año tuvo lugar la demolición, que vivió como testigo directo: cuenta cómo se encargó de rescatar las esculturas de su fe antes de que pudieran ser dañadas. Su relato deja entender que aquello fue un acto organizado en el que la batuta la llevaban miembros de Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), una organización extremista vinculada al BJP. “Vinieron con la intención de demoler la mezquita o morir”, dice.

Tras el derribo, ambas comunidades interpusieron numerosas demandas por la posesión del lugar. En 2019 el Supremo confió el lugar en exclusiva a los hindúes y ordenó al Estado que concediera un emplazamiento alternativo en Ayodhya a la comunidad musulmana. La mezquita se construye estos días a 35 kilómetros, tan lejos que muchos musulmanes no quieren saber nada de ella.

“Los hindúes de Bharat no pueden expresar su felicidad con palabras”, dice el sacerdote. Denomina el asunto del templo de Ram como “el más importante” para su comunidad religiosa. “Si algo es de tu padre y te lo quitan, cuando lo recuperas, te pones contento”. De ahí su relevancia para muchos electores: el BJP es el partido que más ha contribuido a “acelerar” la decisión del Tribunal Supremo, asegura. Cuando se le interroga por las denuncias de las organizaciones de derechos humanos sobre cómo el mensaje de odio de políticos y religiosos hindúes ha incrementado la violencia en los últimos años, responde que los hindúes han sufrido aún más en el pasado. “Ahora que el BJP ha llegado al poder, los musulmanes gangsters han sido puestos bajo control, y puede parecer que son las víctimas”. Santosh Ji Maharaj cree allí donde hay una mayoría musulmana esta “crea problemas a los hindúes”. Añade que en el Corán está escrito que se ha de matar a los fieles de otras religiones o tratar de convertirlos. Cuando se le cuestiona sobre la exactitud de la cita, comienza a hablar de las disputas entre ramas del islam, y de las llamadas de líderes espirituales a matar a los infieles. El hinduismo, añade, está por la labor de abrirse, trata de buscar la felicidad y la armonía.

La estancia en la que recibe es también un ejemplo de cómo religión y política se abrazan: en las paredes tiene colgadas fotografías con un presidente indio, un ministro presidente, un ministro vicepresidente y un gobernador del Estado; todos ellos del BJP. Y asegura que Modi era la persona indicada para liderar la consagración. “El primer ministro es también una especie de sacerdote. Realiza yoga, las oraciones que hace son de los hindúes”, cuenta el religioso. Tras 500 años, se ha resuelto lo que considera la mayor lucha de su fe. “Si él no no es la persona indicada para dar el discurso, entonces ¿quién?”. Asemeja a Modi a “un rey” de la India.

Iqbal Ansari, de 55 años, un ciudadano musulmán que litigó durante años para defender el derecho a mantener la mezquita de Babri Masjid en el emplazamiento original, dice que perdieron el caso “sobre la base de la fe”. No quedó más remedio que acatar el veredicto, añade. “Nos dimos por vencidos para poder mantener la paz y la diversidad del país”. También recuerda los actos de violencia de 1992; en Ayodhya fueron asesinadas 12 personas de fe islámica que conocía, asegura, y numerosas casas de esta comunidad fueron asaltadas e incendiadas.

Iqbal Ansari, un ciudadano indio musulmán que litigó para defender el derecho para mantener la mezquita de Babri Masjid.
Iqbal Ansari, un ciudadano indio musulmán que litigó para defender el derecho para mantener la mezquita de Babri Masjid.

Su obsesión, añade, ha sido evitar que la espiral violenta se repita. “Nuestra religión nos enseña a ser pacientes”. Aceptó ir como invitado a la ceremonia de consagración. Muchos le criticaron el gesto. Ansari cree que no había otra opción en aras de la armonía social. Habla a menudo de forma críptica. Sabe que sus palabras pueden ser malinterpretadas y tensar la situación. Tiene las piernas cruzadas sobre el camastro en la entrada de su casa, ubicada en el barrio junto al templo. Tras él, colgada en la pared, hay una fotografía de la Biblioteca Británica de la mezquita alrededor de 1900, con las tres cúpulas redondeadas que ya no existen.

Mohammed Irfan-Ansari, un sastre musulmán, de 45 años, cuya casa, ubicada junto al templo, fue saqueada en 1992, culpa al Gobierno del BJP de destruir “la armonía y diversidad” que solían tener. “La situación hoy es mucho peor que antes”, añade, antes de salir corriendo hacia una pequeña mezquita del barrio.

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