sábado, junio 15

Rishi Sunak asegura que el islamismo radical y la extrema derecha amenazan la democracia británica | Internacional

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Rishi Sunak ha utilizado este viernes toda la solemnidad que supone comparecer ante la legendaria puerta del número 10 de Downing Street —el escenario habitual para anunciar una dimisión o un adelanto electoral— para advertir a los británicos de que la democracia del Reino Unido está seriamente amenazada por los extremismos. Sunak ha querido dar una imagen de ecuanimidad, y aparentaba repartir culpas entre el islamismo radical y la ultraderecha violenta (”Niños judíos van al colegio sin uniforme por miedo a revelar su identidad; mujeres musulmanas son acosadas en la calle por culpa de las acciones de un grupo terrorista”), pero ha quedado claro, al escucharlo, que su discurso estaba principalmente orientado hacia los manifestantes que, cada fin de semana, expresan su rabia por las calles de Londres y de otras ciudades británicas contra la ofensiva militar de Israel en Gaza.

El primer ministro, cuya popularidad es cada vez menor entre los votantes conservadores y entre sus propios diputados, ha decidido mostrar algo de fortaleza con un asunto incendiario que, en boca de un político como él que profesa abiertamente el hinduismo, puede acabar rebotando en su contra.

“Nuestra democracia se ha convertido en un objetivo. Plenos municipales y asambleas locales han sido interrumpidas por vándalos. Los diputados no se sienten seguros en sus hogares. Usos y costumbres parlamentarias de larga antigüedad han sido alteradas por razones de seguridad. Y anoche mismo [por el jueves], venció en la elección parcial de Rochdale un candidato que desprecia el horror de lo que ocurrió el 7 de octubre [los ataques de Hamás contra población civil de Israel], glorifica a Hezbolá y tiene el respaldo de Nick Griffin, el exlíder racista del Partido Nacional Británico”, ha asegurado Sunak.

Era una descripción, con tintes partidistas, de la tensión política acumulada durante los últimos meses, que afecta sobre todo a la oposición laborista, pero que también amenaza a los propios conservadores.

Es cierto que la policía británica ha tenido que redoblar esfuerzos para impedir decenas de episodios y abusos contra la población judía, cada vez más intranquila a medida que se intensifica la guerra entre Israel y Hamás. Pero lo que verdaderamente irrita al ala más dura del Partido Conservador son las continuas manifestaciones propalestinas de los últimos cinco meses, las más numerosas de Europa.

Las banderas palestinas, los cánticos en los que se acusa a Israel de genocidio o incluso el lema From The River To The Sea, Palestine Will Be Free (Desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, Palestina será libre), que interpretan como una llamada a que Israel desaparezca del mapa, sacan de sus casillas a los más reaccionarios de la derecha británica, que piden más mano dura a la policía. La exministra del Interior Suella Braverman, que fue precisamente cesada por cuestionar la tibieza con los manifestantes de Scotland Yard, encabeza ahora un movimiento con tintes islamófobos que ha puesto a Sunak contra las cuerdas.

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La semana pasada, el speaker (presidente) de la Cámara de los Comunes, Lindsay Hoyle, alteró el orden del pleno para dar prioridad al debate y votación de una moción presentada por el Partido Laborista. Su líder, Keir Starmer, cuya ambigüedad a la hora de condenar los ataques israelíes contra Gaza ha provocado una rebelión interna en el partido y la dimisión de muchos representantes municipales musulmanes, intentaba salvar la cara con una petición de “alto el fuego humanitario”. La decisión del speaker supuso pasar por encima de las dos mociones sobre el mismo tema agendadas para esa sesión, una de los nacionalistas escoceses y otra del propio Gobierno de Sunak. La rabia de decenas de diputados contra la decisión de Hoyle, que pidió perdón entre lágrimas, reveló algo mucho más grave. El presidente de la Cámara había tomado su decisión para proteger a los diputados laboristas que, según le habían explicado autoridades policiales, estaban amenazados por grupos extremistas.

La exministra Braverman aprovechó lo ocurrido para echar leña al fuego en una tribuna de opinión en el Daily Telegraph, el diario de referencia del ala dura de los conservadores. “Los islamistas, los extremistas y los antisemitas tienen ahora el control de la situación. Han acosado y presionado al Partido Laborista y a nuestras instituciones [por el Parlamento], y pretenden someter a nuestro país”, aseguraba.

El diputado Lee Anderson, de su mismo partido, acusaba poco después al alcalde laborista de Londres, Sadiq Khan, de ser rehén de esos extremistas y de haberles entregado el control de la capital. El Partido Conservador, con el respaldo de Sunak, expulsaba a Anderson, que se negó a pedir disculpas. La decisión, sin embargo, provocó las iras de diputados y votantes del ala dura y populista de los tories.

El remate final se ha producido este jueves en Rochdale. George Galloway, la bestia negra del laborismo durante décadas —fue diputado de ese partido antes de presentarse por su cuenta con otras siglas—, ha propinado una derrota humillante a la izquierda. Con su nueva formación, el Partido Británico de los Trabajadores, un discurso populista y extremo y una denuncia de la invasión de Gaza aplaudida por el 30% de musulmanes que habitan en esa circunscripción, se ha hecho con el 40% de los votos en la elección parcial.

Exigencias a la policía

“Esta semana me he reunido con altos mandos policiales y les he dejado claro que los ciudadanos esperan de ellos no solo que gestionen las manifestaciones, sino que lleven a cabo acciones policiales. Y quiero dejarles claro que, si lo hacen, tendrán todo nuestro respaldo”, anunciaba solemnemente Sunak. Deja en manos de las fuerzas de seguridad una responsabilidad delicada. El primer ministro les pide que respeten el derecho de los ciudadanos a manifestarse pacíficamente, pero que eviten cánticos a favor de Hamás o la Yihad Islámica, o protestas alrededor del Parlamento.

Sunak ha anunciado nuevas medidas, en menos de un mes, para incrementar los programas de prevención del odio entre jóvenes o en las universidades; y más mano dura, con expulsiones expeditivas, contra los inmigrantes que practiquen el extremismo.

“El Reino Unido es un país decente, amable, de gente tolerante. Es nuestro hogar. Avancemos juntos, con confianza en nuestros principios y valores y en el futuro”, aseguraba el primer ministro, al final de un discurso que, bajo la apariencia de una apelación a la concordia, intentaba un guiño con el ala dura de su partido y removía en las disputas internas, a cuenta de la tragedia en Gaza y de sus rivales laboristas.

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