miércoles, mayo 22

Robert Fico: La semilla de la violencia | Internacional

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Europa pierde competitividad. Va muy por detrás de Estados Unidos y China en la revolución tecnológica. Nadie toma en serio a la UE como actor de política exterior porque los Veintisiete son incapaces de ponerse de acuerdo sobre Ucrania, sobre Gaza o sobre el papel que debe jugar Europa en la encarnizada lucha por la hegemonía global que protagonizan Washington y Pekín. Esos son los tres grandes desafíos a los que nos enfrentamos en los próximos tiempos, pero no forman parte de la conversación semanas antes de las elecciones europeas. Difícilmente va a hablarse de otra cosa en la campaña que de la altura de la ola ultraconservadora, de los populismos, de la polarización que azota a todas las opiniones públicas del continente, de si el Partido Popular Europeo va a pactar con los ultraderechistas más presentables. Al cabo, la sucesión de crisis de los últimos 15 años ha dejado un desorden político sin precedentes: todas las grandes crisis económicas devienen tarde o temprano en grandes crisis políticas. En el Este, además, llevamos años viendo un antiliberalismo de tintes autoritarios en muchas partes a la vez, discursos del odio incluidos: países dominados por regímenes conspiranoides en los que se demoniza a la oposición, se despoja de su capacidad de influencia a los medios de comunicación privados, a la sociedad civil y a los tribunales independientes, y se define la soberanía en virtud de la determinación de los dirigentes a resistir cualquier tipo de presión para amoldarse a los ideales occidentales de pluralismo político, de transparencia gubernamental y de tolerancia con los extraños, con los disidentes y con las minorías, según la definición del intelectual Ivan Krastev. La Eslovaquia del nacionalpopulista Robert Fico, cada vez más polarizada, es un claro ejemplo de esa dinámica.

Pero el problema va mucho más allá de Eslovaquia y del este europeo. La lista de sucesos extraordinarios que se han producido en la última década es asombrosa: hay varios partidos de ultraderecha mandando en la UE, el Reino Unido está fuera del club, Hungría protagoniza una involución autoritaria y en la mayor parte de los países se mezcla una fuerte polarización política y una alta volatilidad electoral. A ese cóctel solo le faltaban unas gotas de angostura: la violencia ha irrumpido en la política continental, y eso hace que vaya a ser aún más difícil hablar de los grandes retos a medio y largo plazo. Al eurodiputado socialdemócrata alemán Matthias Ecke le partieron literalmente la cara cuando pegaba carteles electorales en su ciudad, Dresde. No es un caso aislado, venía precedido de la agresión a un diputado ecologista también alemán, Kai Gehring, del atentado que sufrió el ultra español Alejo Vidal-Quadras, de un sinfín de noticias preocupantes aquí y allá, desde actos violentos de la extrema derecha en Estocolmo a la quema de carteles electorales en la casa de un concejal socialista belga. Ese crescendo sigue imparable: el ataque al ultra eslovaco Robert Fico —por parte de un escritor de 71 años— eleva el listón casi a las nubes. Fico es uno de los primeros ministros de la UE que ha protagonizado más de seis décadas de paz y que ahora tiene una guerra en el vecindario (Ucrania), otra muy cerca (Gaza) y el huevo de la serpiente, de la violencia, incubándose en su interior. Lo de menos en este caso es que Fico sea, junto al húngaro Viktor Orbán, uno de los líderes más incómodos de Europa porque rompe el consenso del apoyo a Ucrania. Con Ucrania, de pronto volvió la guerra. Ahora, de pronto vuelve la violencia.

Esta es la peor UE posible, a excepción de todas las otras Europas que se han ensayado: todas ellas eran muy, muy violentas. La UE se juega en junio su competitividad, su capacidad para competir con Estados Unidos y China, la posibilidad de volver a ser un actor en política exterior a la altura de su leyenda. Y, desde ahora, la tranquilidad de los últimos 60 años. Stefan Zweig escribe en su autobiografía, El mundo de ayer: “Europa era mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón”, justo antes de meterse en una guerra mundial. Zweig propuso un subtítulo chocante para ese libro monumental: “Los años irrecuperables”. Y fue la violencia lo que los hizo irrecuperables. El historiador Timothy Garton Ash suele decir que lo que menos necesita esta Europa en estado de transición permanente, vacilante y lastrada por el descontento, es “la resignación zweigiana”. Pero lo que seguro que no necesita es la semilla de la violencia; menos aún en política, que solía ser la forma en que una sociedad se ocupa de la incertidumbre. Una incertidumbre que hasta ahora era pacífica: ojo con eso, porque la esencia de la infelicidad es desear lo que ya tenemos y aún no hemos perdido.

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